En ocasión del nuevo curso online sobre los 7 factores del despertar, que empieza en dos semanas, reproducimos aquí el artículo “Caminando con el despertar”, que Bernat Font publicó originalmente en Tricycle.
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Se me acabó el detergente nada más me puse a fregar platos. Estaba impartiendo un retiro en línea y tenía un par de horas libres entre los bloques de la tarde y de la noche. Mi primer pensamiento fue bajar al supermercado de la esquina a comprar un bote nuevo. Pero entonces recordé que la semana anterior había visto una tienda de productos de limpieza ecológicos cuatro o cinco calles más allá del supermercado. Dudé. ¿Tenía tiempo para ir? ¿Valía la pena? Finalmente tomé un bote vacío y salí hacia la tienda para rellenarlo.
Volviendo a casa, sentí de forma muy palpable una alegría tranquila, vitalizante pero no agitada. Era como estar centrado, alineado con lo bueno. Me sentía coherente conmigo mismo y satisfecho. La sensación se parecía a haber terminado una comida tanto sana como sustancial, con la que no te quedas con hambre pero tampoco harto o soñoliento. Mi mente estaba espaciosa, recogida, con muy pocos pensamientos. Al llegar a casa me puse a preparar una charla sobre los factores del despertar (bojjhaṅga) para el retiro, y fue entonces cuando comprendí lo que había sucedido.
Los factores del despertar son siete: presencia, indagación, coraje, alegría, calma, recogimiento, y ecuanimidad.
El primero, presencia, suele traducirse como atención plena o mindfulness. En pali la palabra es sati, que significa recordar, tener (y mantener) algo en mente; no olvidarlo. En español tenemos la gran suerte de que la expresión “tener algo presente” incluye todas esas connotaciones. Solemos concebir esta presencia como una cuestión puramente atencional, pero en el budismo el mindfulness siempre tiene un lado ético: también implica tener presentes nuestros valores y cómo queremos vivir.
Acompañado por un respeto hacia nosotras mismas y las demás, estar presentes nos permite conocer la geografía de nuestro paisaje interior, ver si estamos cultivando un ecosistema en armonía. Sin esta presencia, nuestra conducta cotidiana puede estar en disonancia con la meta que, en las profundidades de nuestro corazón, queremos y apreciamos.
Esta forma de entender el mindfulness o presencia nos remite a nuestra vida fuera del cojín. Quizás pensemos que los factores del despertar se refieren a la meditación formal, pero tenemos que cultivarlos también fuera de ella si queremos transformar nuestras vidas de verdad. De hecho, otra forma de traducir bojjhaṅga es “extremidades” o “patas” del despertar. Estos siete factores son aquello con lo que el despertar hace camino—o como dice el famoso poema de Antonio Machado: “hace camino al andar.”
Ahí, en mi fregadero, tuve un instante de mindfulness: ante el pensamiento de bajar al supermercado, me acordé de esa otra tienda que había descubierto, y que había pensado que valía la pena probar. Este pensamiento vino acompañado de indagación: ¿qué opción era mejor? ¿Cuál era más coherente con los valores de mi práctica? La indagación es una cara de la sabiduría; implica aprender a discernir entre lo bueno y lo malo, lo sano y lo malsano, lo reactivo y lo consciente.
Sin embargo, este tipo de acción toma cierto coraje o esfuerzo, porque a veces la mejor opción no es la más fácil: ciertamente era más cómodo para mí ir al supermercado de la esquina. La pereza complaciente siempre encontrará argumentos seductores para justificarse.
Nuestra reactividad exagera la satisfacción que nos proporcionará elegir la opción habitual y fácil—hasta hace parecer que resistirse a ella sería un esfuerzo digno de Sísifo! Tal y como nos lo pinta nuestra reactividad, parece que la mejor opción es la que nos promete gratificación instantánea. Pero el Buda ya dijo que su enseñanza iba contra corriente.
Practicar el dharma implica una resistencia a esos patrones que son tan individuales como colectivos, tan heredados como aprendidos, reforzados por un sistema construido alrededor de la ganancia económica, por una cultura que insiste en convencernos que cuanto más fácil y rápido logramos algo, mayor es el placer.
Pero ¿es eso cierto? ¿Educaríamos así a un niño pequeño? Todos hemos experimentado la satisfacción de conseguir cosas que requieren tiempo, energía y dedicación. Y no siempre hace falta tanto esfuerzo—rendirnos a obrar de acuerdo con lo que verdaderamente valoramos, ir más allá de nuestras preocupaciones egocéntricas, puede brindarnos un gozo profundo, repleto de sentido.
Este es el factor del despertar de la alegría. No es la satisfacción que obtenemos a través del consumo o la estimulación constante, sino la que emerge de los factores anteriores: estar presentes, recordando la meta y valores de nuestra práctica, discernir con sabiduría, y tener el coraje de vivir de acuerdo a ella. A menudo pensamos que el camino tiene que ser arduo, que a mayor sufrimiento, mayor purificación; pero el Buda reconoció que no podemos estar sin satisfacción y placer en nuestras vidas; debemos integrarlos.
El dharma nos pide aprender a encontrar satisfacción en lo que es sano y liberador. Es realmente un aprendizaje: requiere poner atención a lo que hacemos y sintonizar con la sensación resultante en la mente y el cuerpo. Además es un entrenamiento necesario: sin él no sólo estaríamos desatendiendo nuestra necesidad natural de sentirnos bien, sino que estaríamos guiándonos por el deber o la privación.
Si, por ejemplo, queremos dejar de comer animales para expresar nuestro compromiso con la compasión, ¿cómo tendremos más éxito: si lo concebimos como una penitencia autoimpuesta, o si encontramos formas de disfrutar nuestra comida con nuevas recetas y sustitutos de la carne?
La alegría que sentí mientras volvía a casa con mi bote de jabón era ligera y sutil pero, gracias a la sensibilidad que había cultivado en esos días de retiro, me empapó de arriba a abajo. Esta sensación de alegria me aportó vitalidad, pero lejos de excitarme, relajó mi cuerpo entero y mi mente, ayudándome a estar centrado, con silencio interior. Esos son los dos siguientes factores: la calma y el recogimiento (samādhi, habitualmente traducido como concentración).
En estados como estos, sentimos que no necesitamos nada; no nos vemos afectados por los sesgos y emociones reactivas que de costumbre nos arrastran; basta con observar la mente sin interferir. Desde este espacio, vemos las cosas de forma más equilibrada e imparcial—este es el séptimo factor del despertar: la ecuanimidad, abono idóneo para que crezca la sabiduría.
Lo importante de experiencias como la que describí es que nos ayudan a confirmar que hay una alternativa a los patrones reactivos habituales que seguimos para obtener placer y bienestar. Sabemos, por experiencia propia, que podemos encontrar placeres sanos que no son a costa de otros, sino que contribuyen a nuestra transformación espiritual, desarrollando la generosidad, la empatía, o la benevolencia. Con el tiempo, aprendemos a preferir esas opciones. Eso es sabiduría.
Hoy día pensamos que nuestro camino empieza con la meditación y que el resto—nuestra conducta, nuestros patrones de pensamiento, etc.—sigue como consecuencia natural. Siempre se me ha hecho curioso que el budismo tradicional lo presente a la inversa. Dice: empieza con cambiar cómo vives, cómo te comportas y comunicas con los demás, y sobre esta base siéntate a meditar. ¿Qué pasaría si experimentáramos con tomarnos en serio esta sugerencia?
En cierta medida, los factores del despertar siguen esta lógica, por lo menos aplicados a la vida cotidiana. Vivir de acuerdo a la presencia, indagación, y coraje que describen, y aprender a derivar satisfacción de ello, disminuye nuestra reactividad y nos ayuda a cultivar cualidades que conducen a la mente a recogerse, lo cual nos permite ver con más claridad. En conclusión, cultivar una mente más despierta nos ayudará cuando nos sentemos a meditar. Andando sobre estas siete “patas,” seguimos las últimas palabras del Buda: “Recorred el camino con cuidado.”
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